PREDICCIONES Y PREDICTORES
Hace algunos años me entrevistaron del canal Infinito pues alguien les comentó que yo era un conocedor de las Centurias de Nostradamus. Nadie les dijo que era un crítico de ellas y no un seguidor, así que, finalmente, para que no dijeran que estaban botando el dinero, agregaron a su documental un par de frases mías sin ninguna importancia y arrojaron el esto al basurero del olvido.
No dije, en esa entrevista, nada escandaloso ni tremebundo, que no va conmigo. Simplemente les expliqué hechos importantes de considerar e interpretaciones erróneas consecuencia de la ignorancia de quienes las interpretaron, como la costumbre de decir que Nostradamus menciona a Hitler cuando dice "Hister", cuando en realidad Hister era el nombre que los romanos daban al Danubio.
También les hice notar que había un problema lingüístico que dificultaba enormemente la interpretación ya que una parte importante de las traducciones de las Centurias es antojadiza por carecer de fuentes fidedignas. Me explico: en la época que Nostradamus escribió sus famosos versos no existía la lengua francesa, la que comienza sus días con Rabelais y su obscena pero notable obra Gargantúa y Pantagruel, que es contemporáneo del profeta. En esa época Francia estaba cuajada de lenguas y dialectos diferentes entre las cuales había tres predominantes; la langue d'oc, la lague d'oil y la lengua provenzal. Esta última era la de Nostradamus.
Pero el poeta visionario no utilizó solo su lengua sino que acudió, para darle mayor sentido arcano a sus palabras, a cuanto dialecto tuvo a la mano, mucho de las cuales han desaparecido hace ya siglos sin dejar muchos rastros. Así es como resulta, en muchos casos, imposible traducir algunos términos cuyo significado pertenece a dialectos completamente extintos. Y quienes interpretan esas palabras por lo general lo hace en un sentido que les permita decir lo que quieren decir.
Por otra parte, les explicaba que es muy fácil darle un sentido a una frase que no lo tiene cabalmente. Les puse como ejemplo cómo una de las cuartetas de Nostradamus podría interpretarse como la predicción de Internet. Pero, en realidad, podría interpretarse también como otras cosas.
Es común que las predicciones carezcan de una contextualización clara; siempre son "insinuaciones" poco específicas, lo que permite, una vez sucedido algún acontecimiento, darle el sentido que se quiere adecuándolo a ese hecho. Una vez hecho esto, da la sensación de que el predictor "tenía la razón". Pero, al fin y al cabo, es lo mismo que disparar la flecha y después pintar el blanco; así uno jamás falla.
Ha comenzado, nuevamente, una verdadera fiebre de acabo de mundo. Que los mayas, la Biblia, Nostradamus, Casey, etc. Lo último es que el mundo se acaba en el 2012. ¿Cómo se llega a esas fechas tan certeras? Realizando unas piruetas matemáticas que hubieran servido a Einstein para lograr su famoso objetivo que le frustró los últimos años de su vida. Lamentablemente el genio no podía acudir a ellas ni a la religión (aunque lo intentó) para demostrar algo que no podía hacerse más que a través del cálculo.
Pero los predictores y sus discípulos no tienen la ética de Einstein ni de ningún científico serio; son charlatanes que quiere vender libros. La pregunta que nadie se hace a este respecto es, ¿por qué estos charlatanes ponen tanto empeño en vender millones de libros y ganar tanto dinero si el mundo se va a acabar? ¿Por qué no los regalan?
¿Cuáles son los argumentos para demostrar este posible holocausto sideral? No existen. Son solo supuesto indemostrables que tienen como única finalidad embaucar a los babosos que corren a comprar esta basura para satisfacer su morbo pero que, en el fondo, están completamente convencidos que es falso. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué prurito sicológico los lleva a deleitarse con tales horrores? Es una respuesta que deben dar los siquiatras.
Pero el asunto es que, según muchas religiones, el mundo se ha acabado docenas de veces. El famosos Apocalipsis de San Juan se refiere exclusivamente a los romanos. El Armagedón tiene relación solo con la ciudad de Megido, en medio oriente, muy importante en esa época y ya completamente desaparecida, es decir, se les "acabó su mundo".
William Miller, fundador de la Iglesia Adventitsta, anunció el acabo del mundo entre el 21 de marzo de 1843 y el 21 de marzo de 1844, la segunda venida de Cristo. Pero no pasó nada, así que cambió la fecha para el 18 de abril de 1844 y, tampoco sucedió nada. Miller dijo entonces: "Confieso mi error y reconozco mi decepción; pero aún creo que el día del Señor está cerca, casi a la puerta". Mientras tanto se hizo de muchos adeptos que financiaron una iglesia que es un portento económico en estos días.
Victor Houteff, autoproclamado profeta de dios, fundó la iglesia Davidiana en los años 30. Vernon Howell, en 1990, toma a cargo la secta y se cambia el nombre por David Koresh (David y Ciro) y proclama el apocalipsis. El mundo se les acaba trágicamente en Waco, Texas, el 19 de abril de 1993. Toda su fe se fundaba en que el final del mundo estaba cerca.
Los Testigos de Jehová también fundan su fe en la próxima venida de Cristo y el juicio final. Este acabo de mundo ha sido anunciado y postergado ya en varias ocasiones. Al parecer los informantes celestiales no son muy confiables.
¿Por qué este afán de las religiones? Pues solamente para despertar el terror y atraer más ganado a su redil. Quienes dirigen estas instituciones saben perfectamente bien que es falso, que no hay forma de establecer una tontería por el estilo bajo ningún método, ni siquiera acudiendo a la elástica Ley de las Probabilidades. Pero constituye un pingüe negocio puesto que hay millones de ignorantes que se aterrorizan ante la posibilidad de que nuestro planeta sea arrasado por las llamas del infierno en medio de los trompeteos de ángeles furibundo y de las exclamaciones horrísonas de Jehová. Todo muy hollywoodense, claro está.
Ya lo he dicho en repetidas ocasiones; la ignorancia es nuestra principal enemiga. Solo una sólida educación ha de abrir las puertas a un futuro cierto y prometedor, así como liberará a las masas de su credulidad endémica y, por lo mismo, de caer en las garras de los charlatanes.
